Construida y titulada sobre un juego de palabras en alemán, nos encontramos con que Selb es al mismo tiempo el apellido del investigador privado que protagoniza la novela y y la partícula que denota lo que se hace sobre uno mismo, por lo que igualmente puede entenderse “la Justicia de Selb” que Autojusticia.
Selb es un hombre viejo que ronda ya los setenta y que se atormenta a sí mismo con los recuerdos de su matrimonio fracasado pero nunca roto hasta la muerte de su esposa, que quiere empezar su vida cuando ya es demasiado tarde y que reconoce que siempre ha estado en el peor lugar posible: es detective privado con setenta años, fue abogado en su madurez, y nada menos que fiscal acusador en los años del nazismo. O sea, un bingo de aciertos.
Una gran industria química de su ciudad lo contrata para saber quién está entrando ilegalmente en su sistema informático, y aunque Selb no tiene ni idea de informática acepta el caso, porque de lo que se trata, según él, no es de los medios que emplea, sino de las motivaciones que mueven al delincuente.
En una constante peripecia de gente que no es lo que se supone, y que guarda tras de sí más de lo que se espera, Selb avanza en el caso y retrocede al mismo tiempo en su propia vida, hasta llegar a una idea que considero centra en la novela: Matar es no tener que perdonar.
Estamos, por tanto, ante una novela plenamente alemana, en la que se la trama se rinde a la psicología, y la psicología nunca es plana ni maniquea. Estamos, en este caso, ante una novela buenísima, bien escrita y bien trazada que dará mucho que pensar a quien quiera pensar, y un buen rato de entretenimiento al que no busque otra cosa.




[...] Un libro para el contrabando. [...]