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SOBRE LA NARRATIVA POLICIACA (G. K. CHESTERTON)
Enviado el Domingo, 14 diciembre a las 13:24:22 por heathcliff

POLICIACA
Hace algunos años, Mrs. Caroly Wells, la dama americana autora de nuestras más encantadoras novelas de asesinatos y supercherías, escribió en una revista quejándose de la mala crítica que se acostumbra hacer de este género literario; pero todavía no se ha remediado dicho abuso.  “Es evidente --dice la autora-- que la tarea de escribir la crítica de las aventuras detectivescas se confía a personas a quienes no les gustan las narraciones de esta índole.  Afirmo --y no sin razón-- que semejante proceder no es razonable; no se envía un libro de poesías a una persona que odia la poesía; una novela de costumbres modernas no se somete a juicio de un moralista severo, que considera inmorales todas las novelas.  Si se someten a juicios críticos las novelas policiacas y de misterio, justo es que sean criticadas por aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias.” Y la dama continúa diciendo que, a causa de este olvido, nunca se discute en forma debida la naturaleza de la técnica que verdaderamente exige semejante narración.  Por mi parte, estoy de acuerdo con dicha autora en que es un asunto digno de discutirse.  No existe lectura más sincera que los pasajes críticos, es decir, difíciles, que los grandes críticos han dedicado a este género literario, tal como la disertación de Edgar Allan Poe acerca del análisis, al comienzo del cuento sobre el mono cruel asesino, o los estudios de Andrew Lang sobre el problema de Edwin Drood; o las observaciones de Stevenson sobre la novela policiaca, al final de El demoledor.  Cualquier estudio de esta naturaleza, hecho libremente, demostrará que este género artístico, lo mismo que cualquier otro, encaja en las reglas acerca del arte, y no es censurable este estilo porque sepan hacer su crítica incluso personas a quienes les gusta.  Lo mismo puede afirmarse de cualquier canción buena o de cualquier novela buena.  Por una curiosa confusión, muchos críticos modernos han pasado de la premisa de que una obra maestra puede ser impopular, a la otra premisa, que si no es impopular no puede ser una obra buena.  Es lo mismo que si se dijera que porque un hombre inteligente puede tener un impedimento al hablar, un hombre no puede ser inteligente si no tartamudea.  Posiblemente la impopularidad sea una especie de oscuridad; y toda oscuridad sea un defecto de palabra, lo mismo que un tartamudeo.  En todo caso, estoy al lado de la mayoría en este punto; me intereso en toda clase de novelas sensacionales, buenas o malas y aceptables, y con gusto discutiría este tema con un representante del género literario en cuestión, mucho menos idóneo que el autor de Vicky Van.  Y al que diga que mis gustos son vulgares, anartísticos e ignorantes sólo le contestaré que estoy muy contento de ser tan vulgar como Poe y tan falto de arte como Stevenson y tan ignorante como Andrew Lang.

Ahora bien, es tanto más curioso que no se trate la técnica de tales narraciones, siendo como son, precisamente, una clase de relatos donde la técnica es casi toda la tramoya.  Tanto más extraño es que estos escritores no tengan una dirección de la crítica competente sobre la cual guiarse, ya que es uno de los pocos géneros artísticos en que, hasta cierto punto, pudieran ser guiados.  Y es tanto más extraño que nadie discuta los preceptos pertinentes, ya que éste es uno de los casos en que pudieran establecerse algunos preceptos.  Por lo mismo que la obra no pertenece al orden más elevado de creación, hace posible que sea tratada como una cuestión de interpretación.  Pero al mismo tiempo que la gente quiere enseñar imaginación a los poetas, parece que piensa que no hay esperanzas de ayudar a los tramadores de aventuras en un asunto de simple ingenuidad.  Hay textos que instruyen acerca de cómo escribir versos, como si las fantasías de las raídas hojas del libro, donde cantaron bellos pájaros, o del remolino de las marchitas hojas de la esperanza, o del aire del vuelo imperecedero de la muerte, fueran cosas que pudieran explicarse como una treta de brujería.  Tenemos monogramas que explican el arte de la narración breve, como si todo el horror contenido en La casa del ujier o la festiva ironía de El tesoro de Franchard fueran recetas de un libro de cocina.  Pero en la única clase de relato donde, en cierto sentido, son aplicables las rígidas leyes de la lógica, parece que nadie se preocupa por aplicarlas, ni siquiera por averiguar si se aplican en éste o en aquel caso.

Nadie escribe el sencillo libro que día a día espero ver en las librerías titulado Cómo escribir una historia policiaca.


Yo mismo, sin ir más lejos, tengo que revelar que no he escrito nada semejante.  Pero aun en mis propias omisiones he logrado vislumbrar lo que pudiera ser un plan de pautas adaptabas a estas narraciones.  Estoy muy seguro de un principio preliminar.  La principal característica de un cuento sensacional es que la clave sea simple.  Durante toda la narración debe existir la expectación del momento de la sorpresa, y esta sorpresa debe durar sólo un momento.  No debe ser algo cuya explicación demore veinte minutos ni veinticuatro horas en aprenderse de memoria.  La mejor manera de comprobarlo es figurarse una situación dramática semejante.  Imagínense un jardín oscuro a la hora del crepúsculo, y una terrible voz gritando desde lejos, y acercándose más y más, por los caracoleados senderos del parque, hasta que la palabra se distinga claramente, y entendamos el grito dado por uno de los personajes del 29 cuento, personaje siniestro y a la vez familiar, un extraño o un sirviente, de quien, subconscientemente, esperamos alguna revelación desgarradora.  Ahora bien, es claro que el grito que tal personaje deje escapar debe ser algo breve y sencillo como: "¡El mayordomo es su padre!", o "¡El Arcediano es el sanguinario Bill!", "¡El emperador se ha cortado la garganta!", o qué sé yo qué más.  Pero demasiados escritores ingeniosos piensan que su deber es escribir cuál es la más complicada e improbable serie de acontecimientos que pudieran combinarse para producir un resultado dado.  El resultado puede ser lógico, pero no es sensacional.


El sirviente no puede quebrar el silencio del oscuro jardín gritando en voz alta: "El emperador se ha cortado la garganta en las siguientes circunstancias: Su Majestad imperial estaba afeitándose y, en medio de la operación, se quedó dormido, fatigado por los quehaceres del Estado; el Arcediano pretendió, en un principio con espíritu cristiano, acabar de afeitar al monarca dormido, cuando repentinamente se sintió tentado a cometer el asesinato, al recordar la ley de separación de la Iglesia y el Estado; pero se arrepintió, después de ocasionarle un simple rasguño, y arrojó la navaja al suelo; el fiel mayordomo, al oír el alboroto, entró de improviso y arrebató el arma, mas, en la confusión del momento, en vez de cortarle la garganta al Arcediano, se la cortó al emperador; así todo termina satisfactoriamente, y el joven y la niña pueden dejar de sospechar el uno y el otro de ser el autor del asesinato, y se casan".  Ahora bien, esta explicación, aunque razonable y completa, no puede ser emitida convenientemente en forma de exclamación, ni puede resonar de repente en el oscuro jardín, a manera de sentencia.  Cualquiera que haga la prueba de gritar fuerte el párrafo mencionado, en su propio jardín a la hora del crepúsculo, se dará cuenta de la dificultad a la que me refiero.  Es exactamente uno de aquellos experimentos técnicos, ilustrado con diagramas, en los cuales debiera abundar nuestro pequeño manual.

Otro rasgo al que por lo menos debiera inclinarse nuestro pequeño tratado es que el roman policier debiera parecerse más al cuento corto que a la novela.  Hay excepciones muy dignas de considerarse: The Moonstone y uno o dos Gaboriau son grandes obras de este género, como lo son en nuestros días El último caso de Trent de Mr. Benthey, y El misterio de la casa roja de Mr. Milne.  Pero, a mi parecer, las dificultades de una novela poli- daca larga son dificultades reales, aunque personas muy inteligentes, valiéndose de diversos recursos, pueden vencer los obstáculos que se presentan.  La principal dificultad estriba en que la novela policiaca es, después de todo, un drama de caretas y no de caras.  Cuenta más bien con los pseudodistintivos del personaje que con los reales.  Hasta llegar al último capítulo, el autor no puede contar ninguna de las cosas más interesantes de los personajes principales.  Es un baile de disfraces, en donde todos se disfrazan de otra persona diferente a sí mismos, y no existe el verdadero interés personal hasta que el reloj dé las doce.  Por eso, como he dicho, no podemos penetrar en la psicología y la filosofía, en las costumbres y religión de los personajes, hasta que hayamos leído el último capítulo.  Por eso opino que lo mejor de todo es que el primer capítulo sea también el último.  La extensión de una historia breve es más o menos la verdadera extensión de este singular drama, del simple falso concepto de la realidad.  Nunca han existido mejores novelas policiacas que la antigua serie de Sherlock Holmes, y aunque la fama de este magnífico mago se ha esparcido por todo el mundo, creo que aún no son suficientes las magníficas expresiones de agradecimiento que ha recibido por estas historias sir Arthur Conan Doyle.  Uno entre muchos millones, yo también ofrezco mi pequeño homenaje.


 
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